| Héctor
Ramírez y su Esfera de Agua
El movimiento, la percepción y la ilusión,
son elementos implícitos en la obra de Héctor Ramírez,
quien desde el pasado domingo 19 de abril, está exponiendo
su trabajo en los espacios de la Galería Artepuy, en Caracas.
El artista, que por más de una década estuvo bajo
la dirección del maestro Carlos Cruz-Diez, ha sabido construir
su propio espacio desde los elementos primigenios de una obra cinética:
la línea seriada, en trama y las vibraciones ópticas.
Así como en anteriores oportunidades Ramírez
se hacía eco de la luz y su ausencia, en esta ocasión
la gota como estado momentáneo del agua -en palabras de la
crítica de arte Susana Benko-, es el punto de partida de
una investigación acuciosa por parte del artista, quien ha
ido creando hábilmente estos volúmenes esféricos,
partiendo de la interrelación de líneas seriadas en
planos acrílicos superpuestos, que imprimen vibración
y movimiento. Ramírez, da vida a cuerpos que se van desdoblando
y fragmentando y que existen en tanto que imagen ilusoria, ya que
se construyen a partir de la geometrización de estos planos
interpuestos en habilidosa trama, generándose así
estos volúmenes, por el desplazamiento del espectador frente
a la obra. Éste pasa a ser parte integrante de aquella, al
enfrentarse a través de su propia experiencia estética,
al desequilibrio e inestabilidad propios del movimiento y la vibración
de estos cuerpos acuíferos, en una suerte de relación
lúdica entre obra y espectador. Susana Benko comenta al respecto:
una misma pieza tiene la virtud de mostrarse distinta según
cómo nos movamos frente a ella y porque su percepción
difiere de un espectador a otro.
Lieska Husband de Hernández
Héctor Ramírez. Esfera de agua.
Por: Susana Benko
El cinetismo en Venezuela es más que una huella
en la memoria. Pervive porque es una manera de entender el arte
como continua renovación ya que el artista explora en las
posibilidades infinitas a los que puede llegar a partir de los elementos
expresivos más puros y esenciales: la línea, la forma,
el color, la luz, el movimiento, la transformación. Por eso
el artista, que asume esta línea de acción, siempre
investiga porque encuentra en la obra de arte la concreción
de un hecho inusitado, cambiante y sorpresivo, para él y
para el espectador.
El cinetismo, por otra parte, no es un movimiento
homogéneo. Cada uno de sus exponentes ha definido su campo
de interés específico, lo que ha determinado resultados
diversos: en Soto, por ejemplo, el tiempo y la inmaterialidad; en
Cruz-Diez la inestabilidad perceptual del espectador a través
del color. Otros artistas han centrado su atención en la
transformación de la obra a través de su manipulación
manual o con intervención de un motor. Y actualmente, a una
década del siglo XXI, las posibilidades creativas del cinetismo
siguen vigentes como es palpable en la exposición que presentamos
hoy: Esfera de agua de Héctor Ramírez.
En efecto, Ramírez asume el riesgo de retomar
algunos elementos que son esenciales en una obra cinética:
por un lado, la sistematización de la línea seriada
y tramada como elemento principal y protagónico de su obra
y por la otra, su capacidad de transformación por medio de
vibraciones ópticas. Con ese sólo elemento demuestra
que la invención no tiene límite. La obra tiene siempre
algo que decir y, en particular la suya, porque Ramírez agrega
varios elementos más: una misma pieza tiene la virtud de
mostrarse distinta según cómo nos movamos frente a
ella y porque su percepción difiere de un espectador a otro.
No en vano, él insiste en señalar que, en el fondo,
quien anima la pieza y la moviliza es el espectador.
Ahora bien: todo parte de una gota de agua. El agua
en sí es informe pero la gota es una manera de representarlo,
de figurarlo. La gota fija un estado momentáneo del agua.
Pero ese estado dura un instante, pues el agua se mueve, cambia,
se transforma. Así son las esferas que Héctor Ramírez
sugiere: son cambiantes, vibrátiles, flexibles, proliferantes.
Este es, a nuestro criterio, un elemento distintivo de su cinetismo,
pues crea una imagen que vibra a nuestra vista por la estructuración
reiterada de líneas, y a la vez propicia la ilusión
de su transformación cuando una esfera parece desdoblarse
en dos –o en varias– a partir de nuestro desplazamiento
al movernos de un lado a otro frente a la obra. Este punto de visión
variable genera nuevos estados de la imagen.
Cada uno de estos estados muestra una faceta distinta
de la esfera: como fragmentaciones, ondas o desdoblamientos de la
misma imagen, entre otras. Ramírez lo explica al concebir
la obra como un campo de energía, cuando: “un planeta
absorbe a otro o cuando se expande por medio del calor del otro”.
Lo cierto es que ninguna de estas esferas es estática: retinalmente
se mueven porque nosotros nos movemos y la transformamos. Todo está
en nuestra mirada y se activa a partir de la experiencia. Así,
la imagen crea resonancias.
La transformación como tal es más que
un efecto de moirée. Ramírez la logra superponiendo
dos láminas de acrílico –cada una con una determinada
composición lineal–, estampadas mediante la técnica
serigráfica. Sin embargo, la esfera como tal no existe. Existen
relaciones de líneas que, según su cambio de dirección
y densidad (cercanía o distancia en el tramado) generan ilusión
de volumen. Hay una relación de luz y sombra que produce
este efecto. Sin embargo, ello queda en el ámbito de lo ficticio
porque no existe un claroscuro sino una interrelación de
líneas, sucesiva y sistemática. La superposición
de láminas tramadas y sus variaciones direccionales son las
que inducen a ver estas esferas ilusorias que vibran ante nosotros
como impresiones visuales. Éstas se convierten en sueños
o ilusiones que se transforman con la misma sutileza que las gotas
de agua.
Susana Benko
Miembro Asociación Internacional de Críticos de Arte
(AICA)
Investigadora de Arte y Museólogo
Desde el 19 de abril
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