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Astolfo Funes, o el flâneur contemporáneo
Mirar, observar, imaginar…Podríamos pensar
que Astolfo Funes (Maracay, 1973) se regodea en la belleza fugaz
y pasajera, que pasa desapercibida ante los demás. Para él,
conocer y explorar el ambiente en el que vive, se convierte en actividad
de primerísimo orden y cual caminante displicente se pasea
por un mundo que se torna en imaginario, donde lo posible y lo estimulante
sólo ocurre allí, en sus manchados lienzos y papeles.
El artista explora y se sumerge en el universo de lo femenino, convirtiéndolo
en un festín visual. Este paseante sin rumbo, de incesante
movilidad, descubre al espectador un mundo de sensaciones visuales,
difíciles de olvidar; una belleza efímera, fragmentada…escondida.
La “puesta en escena” en esta oportunidad,
luce sorprendente y novedosa; si bien el tema, es recurrente. Y
es que las féminas en la obra de Funes, se han convertido
en su leit motif imperecedero. La sola existencia femenina, una
fugaz mirada, un efímero contacto visual, quizás el
acercamiento fortuito, desencadenan en el artista cierta dosis de
imaginación traducida en fantasiosa historia, que con rapidez
fijará al lienzo, haciendo de este instante fugitivo, un
acto de goce y de plenitud interior. Cual sensuales y voluptuosas
deidades -en ocasiones caricaturizadas, o quizás idealizadas-,
las mujeres de Funes emergen en esta ocasión de inmaculados
fondos -en los que se vislumbran desde caracteres de reconocidas
marcas del mundo de la moda, pasando por objetos y pertenencias
propias del universo femenino, e incluso, la mascota de turno-,
que contrastan con la cromática paleta del artista.
El enérgico gesto de su trazo -supliendo por
momentos, los dedos al pincel-, imprime dinamismo a la obra, que
queda evidenciado en la fuerza expresiva de sus personajes, contenidos
según palabras de la crítico de arte y curadora de
la muestra, Bélgica Rodríguez, en “…atmósferas
visuales en conflicto…”. Esta pincelada resuelta, vehemente
y en cierta forma, agresiva, potencia de manera audaz este “texto”
pictórico, en el que de alguna manera, el espectador se reconoce.
Lieska Husband de Hernández
Astolfo Funes, Mujeres
El tema de Astolfo Funes son “mujeres”.
Pero es, en realidad, lo “femenino” como expresión
de un universo que pertenece al ser humano, lo que le apasiona.
Ese “femenino-paisaje-humano” viene a él, humilde,
provocador y provocativo, desafiante, como lo ha sido siempre. Aquí
está, en cualquier esquina, esperando que tu brocha gorda
devore el paraíso de brillantes lajas de mármoles
sin débiles hermosuras. Las mujeres de Funes son concepto
y forma, son temas subterráneos que afloran en extraordinario
resplandor de colores encerrado en grandes trazos negros. El rostro
en primer plano de una de sus series actuales, acusa cambios desde
el inicio de esta primera década. Rostro que emerge desde
el fondo de la tela para adentrarse en la vida personal del espectador,
diciéndole te pareces a mí, eres como yo, mientras
que el sentimiento individualista se manifiesta exagerado en sus
propias conexiones con afectos y emociones.
Resulta difícil ubicar la pintura de Funes
en un nicho estanco, incluso en relación al arte venezolano.
Lo que si es necesario enfatizar son sus cualidades expresivas en
cuanto a la distorsión de la imagen, que por cierto se localiza
en la producción artística de otros períodos.
Por ejemplo los retratos de Fayum, la escultura africana, el expresionismo
alemán, los fauvistas y más contemporáneamente
la neofiguración de Francis Bacón, los nuevos salvajes,
hasta llegar a América Latina con José Luis Cuevas
y Jacobo Borges, la referencia nacional más inmediata. Pero,
Funes, sin duda alguna, se acerca a sí mismo, a su interés
en el entorno, siendo, entonces, su mirada creadora, la de un observador
de la naturaleza humana cuando juega a la incertidumbre de la imagen
misma, planteándose si ésta pertenece a un registro
mental o, por el contrario, a una representación física
del universo que le rodea. En este sentido, el artista, en lo formal,
asume varios polos expresivos.
Por un lado, la imagen convulsa y los objetos que
la rodean, por otro, la ferocidad cromática que coadyuva
a añadir aún más tensión visual a la
huella dinámica que pronuncia el grafiti-dibujo, dejando
marcas que ordenan el discurso expresivo de la superficie de la
obra, sea ésta realizada sobre tela o papel, y que ubica
la forma figurativa en un espacio simbólico de paisaje humano.
La pintura de Astolfo Funes siempre ha sido altamente
intelectual, sin que pese que en ella puedan reconocerse personajes
y situaciones, muchas veces confundidas con escenas de alta sordidez,
y no percibidos aquellos como “retratos” de sentimientos
y mundos interiores. La suya es una obra donde se amalgama el contenido
con el continente, es decir lo formal define el concepto y viceversa.
No podría Funes, expresar su tema sin una técnica
altamente expresionista en dibujo y en color.
Desde el punto de vista de la estructura plástica,
plantea una estética de atmósferas visuales en conflicto,
color con línea, forma figurativa con forma abstracta, configuración
espacial en movimiento con planos cromáticos estáticos,
en asociaciones concretas, formal y conceptual. Para lograr esta
estructura, adopta procedimientos técnicos complejos que
abarcan el dibujo, el grafismo, el trazo gestual, la línea
recta y curva en circunvalaciones, hasta configurar una imagen figurativa
concreta en su espacialidad pictórica a partir de manchas,
segmentos, parcialidades cromáticas y la importante relación
figura-fondo.
El proceso de la pintura de Funes ha comportado continuidad
homogénea desde sus inicios. En esa época se destacó
por una impronta cromática definitoria de los elementos figurativos
dominantes sobre la superficie pictórica, saturada en modulaciones
y valores. En el transcurso del proceso creador, ha ido cambiando
de aquellas situaciones plásticas dominadas por el horror
al vacío, hacia la depuración de los elementos formales,
sin abandonar la temática característica de su obra.
En la última serie, trabaja la imagen desde el fondo blanco
del soporte, que por ser precisamente de un blanco particular, tiene
el mismo valor de intensidad cromática que los rojos, verdes
o azules. Fascinado por esas imágenes, agresivas y particulares,
el espectador buscará, como en el espejo, la suya propia.
Tal vez encontrará una presencia más intelectual que
física, partiendo de la premisa de que la pintura de Funes,
como establecimos al principio, es altamente intelectual.
Astolfo Funes mira y hace mirar a esas figuras femeninas,
a los retratos que conversan, y en este proceso les infunde una
gran ternura. Paradójicamente, la boca torcida, mal pintada,
las piernas cruzadas, los brazos que caen con desgano, los grandes
ojos de honda negritud, no expresan universos deshilachados. Todo
lo contrario. Es el espacio de la ternura, de antiguos perfumes
de mujer, del deslumbramiento entre las sombras y un dulce resplandor.
Posiblemente sea esto la esencialidad de lo real e imaginario del
hombre contemporáneo.
Bélgica Rodríguez
Del 24 de mayo hasta finales de junio de 2009
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